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El milagro Mozart

El dominio extraordinario que Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791) tuvo sobre un oficio que no conoció flaquezas en ninguno de los campos abordados, sumada su inclinación por el humor y los juegos de palabras, donde lo erótico se mezcla con lo hilarante hasta poner en aprietos a los traductores de su correspondencia, que a veces optaron por citar esas bromas en su lengua original con la evasiva acotación "es imposible de traducir a nuestro idioma", dio lugar a forjar una imagen que no se compara con la de ningún compositor.
Los ángulos de visión variaron según las épocas. El idealismo del siglo XIX modeló un Mozart ultraterreno, que con su lira apolínea subyugaba a las musas y a los mortales. Hasta los retratos y otras imágenes de esa época cambiaron su fisonomía original, mostrándolo como una especie de ángel mezclado con un dios del Olimpo. La manía por Mozart fue in crescendo y en el transcurso del siglo XX, no contentándose con la fabricación de licores y bombones que llevan su nombre y retrato, se llegó al colmo gracias a una afamada película. Allí vimos un Mozart en el que su costado humorístico aparece ridiculizado, llegamos a apreciarlo como un ser estrafalario poco más que vulgar que concibe su música genial porque sí, quizá por arte de magia; un individuo más o menos tonto y procaz, que con su pluma da a luz los prodigios más elevados, acaso sin saberlo: el oxímoron por antonomasia que forjó nuestra época. Quizá se haya querido desidealizar una visión, pero el camino fue equívoco y la idealización se acrecentó.
Esa visión de alguien que no sabemos cómo fue, pero acerca de quien podemos imaginar y especular mucho, nacida durante el romanticismo y manipulada con insistencia en las últimas décadas, ha dado y sigue dando que hablar quizá como nunca. En nuestro mundo que parece cada vez más cercano al abismo, Mozart se ha convertido en una figura beatificante, una suerte de genio angelical y milagroso del que la sociedad adoptó una imagen superficial, modelada sin cesar durante dos siglos (en los inicios del convulsionado siglo romántico, habrá sucedido algo similar). Como si la Pequeña música nocturna , la inocente sencillez de Papageno, los licores, los bombones y la película no fueran suficientes, hasta se habla del efecto sin igual de la música de Mozart sobre los recién nacidos (¡cuánta música de tantos compositores influye positivamente sobre el humor de los que recién llegan al mundo!), y el músico, que periódicamente sufría una desesperante falta de dinero (el precio de su relativa independencia), se ha convertido para algunos en un negocio que deja como ganancia cifras acumuladoras de muchos ceros.

¿Qué sorprende en Mozart? En primer lugar el haber sido un niño prodigio (han existido y existen muchos) y, en segundo, la cantidad de obras compuestas a lo largo de su corta vida (en aquellos tiempos el oficio de compositor tenía un fuerte aspecto pragmático, y, por el contrario respecto a las épocas siguientes, la usanza era escribir muchísimo apelando a diversos recursos y fórmulas). Claro que estos aspectos están acompañados por algo que poco y nada tiene que ver con la lira de Apolo, las musas y la magia. Es algo con lo que muy pocos tienen la fortuna de nacer y se llama genio; en su caso, respaldado por una sapiencia musical extraordinaria transmitida por su padre Leopold. Acerca de su precocidad musical, y que tanta fama le diera en diferentes países de Europa (el público más selecto acudía a presenciar el "milagro"), sorprende que haya sido capaz de ir más allá: los niños prodigio suelen quedar en el camino. Y sus composiciones, ordenadas por el metódico señor Köchel y que pasan las seiscientas, han dejado atónitos a músicos e investigadores por su pareja y elevada calidad: podemos tener nuestras preferencias, pero Mozart abordó todos los géneros de composición de su época de una manera ejemplar. Cierto porcentaje de genio, con el respaldo de un trabajo enorme para movilizar esta cualidad tan rara como magnífica.
Al contrario de un Beethoven o un Paganini, cuya caligrafía musical resulta la mayoría de las veces ilegible, la de Mozart se caracteriza por su claridad. Esto ha hecho suponer que las ideas musicales le bajaban a la mente como por arte de magia, sin necesidad de borrar una nota. Se sabe de los extraños procesos mnemónicos del compositor, quien tenía todo trazado dentro de su cabeza y retenido de una manera prodigiosa hasta el momento de volcarlo al papel, lo cual no quitaba que antes de los manuscritos definitivos no pasara por una etapa de borradores; detrás de cada nota hay una labor enorme. El ritmo de trabajo mozartiano fue titánico, agotador hasta el límite e influyó sobre su salud precaria.
Con las técnicas y usanzas musicales disponibles logró una revolución conceptual en el terreno del teatro cantado, que dio como resultado muchos de los frutos más admirables de todos los tiempos.

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Por Claudio Ratier 

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Mozart hacia 1770, por Saverio Della Rosa