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Beethoven: la ópera en serio
Por Federico Monjeau
CLARÍN, Domingo 11 de abril 2010

Crítica Fidelio La ópera abrió la temporada de Buenos Aires Lírica en el Avenida. La soprano Carla Filipcic Holm se lució como Leonora.

En su libro póstumo Sobre el estilo tardío, Edward Said analiza la única ópera de Beethoven, Fidelio, como respuesta en clave seria a Così fan tutte de Mozart. La aparición de Leonora disfrazada de hombre, que acude a la cárcel para trabajar como ayudante de Rocco con el oculto propósito de liberar a su esposo y se convierte en objeto de deseo de Marcelina, la hija del guardiacárcel, estaría inspirada en los disfraces de Così, aunque Said también encuentra conexiones entre el aria central de Leonora, Komm Hoffnung, y la súplica Per pietà, ben mio perdona de Fiordiligi.

Hay, en principio, disfraces y amores desplazados (Jaquino, ayudante de Rocco, ama a Marcelian, que ama a Leonora-Fidelio, que ama a Florestán), pero la ópera de Beethoven es psicológicamente estática: los personajes permanecen perfectamente iguales a sí mismos. Fidelio no es más una defensa de la libertad que de la fidelidad y de un ideal burgués que la ópera de Mozart parecía tomarse un poco en broma.

Fidelio es seria, estática y oscura. La puesta en escena de Rita de Letteriis se atiene a lo esencial del ambiente carcelario. La escenografía (de Daniela Taiana, responsable también del vestuario) lo realiza con un eficaz y austero dispositivo de movimientos verticales (columnas, puertas, rejas) y el único mobiliario de una rústica mesa; la puesta se atiene también al tiempo histórico original, ya que los vestuarios son de época.

Los roles principales están en muy buenas manos: Carla Filipcic Holm compone una Leonora formidable desde el punto de vista vocal y dramático, y algo parecido podría decirse del Rocco de Hernán Iturralde y del Pizarro del bajo chileno Homero Pérez-Miranda. Gustavo de Gennaro (Jaquino) y Leonardo Estévez (Don Fernando) cumplieron su parte con decoro, mientras que Ana Laura Menéndez no convenció como Marcelina. No se trata de la afinación, sino de una emisión indisimuladamente artificial; la voz no fluye bien y la línea se vuelve inexpresiva.

Un auténtico enigma de esta producción lo constituye el tenor austríaco Peter Svensson en el rol de Florestán. Es cierto que el canto no puede ir tan a contramano del teatro, y uno no puede pretender que de un desecho a punto de morir en la mazmorra salga un sonido redondo. Pero cuando se produjo la liberación y Svensson tuvo que ponerse a cantar a voz en cuello, su actuación fue lamentable. Tal vez fue una mala noche, tal vez una indisposición física. Es lo único que explicaría la presencia de este tenor en el Avenida.

La orquesta dirigida por Guillermo Brizzio tuvo un buen desempeño general, más allá de unos chirridos de metales que empañaron especialmente la obertura, y el Coro de Juan Casasbellas se mantuvo en el alto nivel acostumbrado.

 
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